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Cosiendo la felicidad

Este es un relato ficticio de tipo histórico que realicé enmarcándolo en un tiempo y hechos históricos reales.

La travesía de un invento
Cosiendo la felicidad
Realizado por: Mery Pérez
 
En el norte de la Italia de finales del siglo XVIII –una Italia caracterizada por el dominio extranjero en su territorio- nació un joven aristócrata de nombre Enrico M., quien -en esa edad donde aún no se ha definido el carácter, los dieciocho años- en el año de 1790 vivía una vida relajada con el dinero producto de una considerable fortuna heredada de sus difuntos padres. Si bien este joven se sintió tocado por las ideas de libertad, igualdad y fraternidad profesadas por la revolución francesa recientemente ocurrida, ello no hizo mella en sus deseos de, como joven que era, disfrutar de la vida buscando el disfrute máximo, esto es, la anhelada felicidad. Así, siendo que contaba con los medios necesarios, el joven Enrico M. se dedicó a viajar por toda Europa conociendo las ciudades más destacadas de la geografía europea. De esta manera, conoció París –la cual visitó en los años previos a la revolución-, Berlín, Flandes, Ámsterdam, Viena, Madrid, Londres, entre otras.
 

Como resultado de sus viajes y de su vida licenciosa y lujosa, el joven Enrico M. se quedó sin dinero, no halló la felicidad buscada y tuvo que volver a su ciudad natal, Brescia, donde hubo de buscar ayuda económica de parte de familiares para poder continuar con su vida, ya no de la forma en que la había conducido hasta el momento. Sus tíos en la ciudad de Milán, lo enviaron con su primo Francesco J., quien se encontraba en América, en una colonia española, Venezuela, donde fungía como oficial del gobierno español, puesto que Francesco J. se educó en la España monárquica y colonizadora.  Partió entonces el joven Enrico M. hacia América –a finales de 1795, cuando ya comenzaban en Venezuela a forjarse los ideales libertarios que se vieron completados finalmente en 1821 con la Batalla de Carabobo- y llegó en enero de 1796 al puerto de La Guaira, donde fue recibido por su primo y se dirigieron a la ciudad de Caracas. Al llegar, ya tarde en la noche, a la casa donde vivía el primo, en el centro de la ciudad de Caracas, conversaron los dos jóvenes sobre su vida hasta ahora y sus expectativas futuras. Le contó el joven Francesco J. de la situación en la colonia y de cómo su trabajo le permitía llevar una vida digna y cómoda, y que estaba pronto a desposar a una joven blanca criolla de familia honorable; por otro lado, le explica a su primo Enrico M. que dado que éste no dominaba la lengua castellana y no tenía una educación finalizada de niveles superiores, le sería dificultoso encontrarle una actividad a realizar dentro de la sociedad colonial venezolana. Respecto a esto, Enrico M. le hace saber a su primo lo poco maduro que había sido hasta ahora en su vida, y cómo derrochó una fortuna que tanto le costó a sus padres forjarla para heredársela, y que, a lo largo de los días pasados en el viaje hacia América, había meditado mucho respecto a lo importante en la vida y por ello estaba pensando en darle un vuelco radical a su vida y estaba considerando la posibilidad de dedicarse a la vida religiosa de manera de poder llevar una vida más útil y poder así ayudarse a sí mismo y ayudar a los demás desde la esfera religiosa, por lo que esperaba volver a su país natal y allí entrar a un seminario. Su primo lo encomió por su resolución, sin embargo, le dijo que era una decisión que debía tomar no sólo al calor de una emotividad temporal, que debía realmente determinar si su vocación estaba en la vida religiosa.  Terminaron la conversación y se dirigieron a dormir.

 

            Pasaron varios días, y, a lo largo de ellos, el joven Enrico M. estuvo conociendo las costumbres y cultura de la ciudad de Caracas, un valle hermoso, di gente carina y di molta educazione –según decía el joven italiano-, donde cada día resultaba una oportunidad de disfrutar la belleza de la vida. Conoció a la prometida de su primo Teresa P.,  hermosa joven de espíritu afable que vivía a pocas esquinas de la casa de su primo. La joven había sido educada en las mejores escuelas de Europa, y hablaba además del castellano materno, inglés, francés e italiano, por lo que podía conversar prolijamente con el joven visitante, y ayudarle un poco a manejarse con el castellano en su estadía en Venezuela.

 

La casa de Teresa P. era una casa amplia y  muy lujosa, donde vivía  la destacada familia de la sociedad colonial venezolana, los P. de la S. Habitaban la casa la joven prometida, sus padres, su hermano menor que era un oficial de la milicia venezolana, una joven parda, descendiente de antiguos amigos de la familia que se encargaba de trabajar para la familia en la labor de reparación de uniformes y trajes de los militares y del clero, pues la manufactura y reparación de dichos trajes era uno de los variados negocios a los que se dedicaba la familia, y además contaban con tres sirvientes que realizaban las distintas labores del hogar. Los primos italianos visitaban en las tardes la casa de la joven mantuana próxima a desposarse, y así Enrico M. quien se convirtió en un buen amigo de la joven Teresa P., llegó a conocer a todos los habitantes de la lujosa casa, y desarrolló un especial interés por la joven parda, Ana I., quien -pese a sus años mozos- rigurosamente realizaba la pronta reparación de los trajes enviados por la milicia y el clero y mostraba una dedicación ejemplar en su labor. Las jóvenes Ana I. y Teresa P. eran muy unidas, ya que eran contemporáneas en edad y habían vivido en la misma casa en su infancia y luego a partir del retorno de Teresa P. de sus estudios en el viejo continente. Le contó Teresa P. a Enrico M. que Ana I. había perdido a muy corta edad a sus padres, quienes había sido unos fieles amigos y colaboradores de su familia y que Ana I. quedó así a cargo de la familia; para sentirse útil y merecedora del sustento recibido, después de cierta edad, Ana I. tomó la resolución de realizar una labor para la familia, y la reparación de trajes fue la más idónea que consideró la familia para la joven. Por ello aprendió Ana I. la labor de la costura, que le permitía realizar  un muy buen trabajo, por lo demás rentable, para la familia.  Y si bien, los P. de la S. trataban de que el trabajo fuese lo menos forzoso para la joven, después de llevar más de seis años remendando trajes, sus manos estaban deterioradas con algunas callosidades productos del uso de la aguja. Estos detalles se los comentaba Teresa P. al joven visitante quien los escuchaba atentamente y llegó así a interesarse por el caso de la joven Ana. I. De hecho, por esa conversación recordó Enrico M. que en uno de sus viajes por Inglaterra supo de la patente de una máquina para coser, por parte de un amigo suyo y de su familia, el ebanista e inventor inglés Thomas S., a quien el italiano visitó durante uno de sus viajes.


Así, entre las tardes de tertulias y de paseos entre los jóvenes enamorados, el resto la familia P. de la S., el visitante Enrico M.,  y la eventual participación de la joven Ana. I., pasaron los días y llegó el día de la boda de los comprometidos, la cual se realizó con toda la pompa que correspondía a la alcurnia de la familia que la realizaba. Para la boda vinieron los familiares de Francesco J., con lo que aprovecho el joven italiano Enrico M. para poner fin a su visita y retornar con sus tíos a su patria. Si bien el joven visitante no tenía aún claro su deseo de dedicarse a la vida religiosa, resolvió volver a Italia, entre otras cosas, para poner en marcha la posibilidad de un negocio a realizar en conjunto con la familia P. de la S., ya que le comentó al padre de Teresa P. sobre el invento del equipo de coser de su amigo inglés,  y el señor P. de la S. se interesó con la posibilidad de poder importar dicho equipo para ser utilizado tanto por Ana I. y, en general, para mejorar la producción en el negocio de manufactura de trajes y uniformes.


Partió Enrico M. para Italia con sus familiares y al llegar a su patria escribió a su amigo Thomas S. para informarle que próximamente lo estaría visitando para conversar respecto a su invento para coser. Cuando recibió la correspondencia de respuesta de su amigo, agradeciéndole por el interés en su invento e invitándolo a visitarlo a la brevedad posible, partió el joven con rumbo a Inglaterra, con la finalidad de conocer más acerca del invento de su amigo inglés. Llegó a Londres a finales de octubre de 1796, y se encontró con el inventor, quién lo recibió con gran alegría tanto por la visita amistosa como por la posibilidad de poder llevar a cabo la producción exitosa de su invento, el cual comentó Thomas S. había tenido un inicio no muy fructífero, ya que se construyó una reproducción del invento del inglés pero no funcionó según lo indicaba la teoría. No obstante, el visionario inglés tenía mucha confianza en su investigación y consideraba que el intento de construcción fallido fue debido a una mala interpretación por parte de los constructores de una parte de lo definido por su patente.
 

Explicó Thomas S. a Enrico M. que su máquina de coser constituía un dispositivo mecánico que permitiría -tal como lo hace el cosido a mano- unir tejidos usando hilo; los tipos de tejidos que soportaría su máquina según lo especificado en su patente eran piel y tela, y se podrían utilizar uno, dos y tres hilos, y así de acuerdo al número de hilos utilizados definir lo fuerte del cosido. Para el caso de la piel, por ser un material más duro, se utilizarían tres hilos. Uno de los fallos del prototipo creado que no funcionó, según le indicó Thomas S. a su amigo italiano fue que se manejaba un solo hilo y además, el mecanismo mecánico de poleas que se construyó no correspondía estrictamente al especificado en los dibujos de su patente, pues los ingenieros que lo implementaron no entendieron correctamente el entramado de poleas definido y no lo aclararon por completo con el inventor, quien, por no contar con capital en el proyecto, fue relegado a un segundo plano una vez le pagaron los costos de su patente. Desafortunadamente, al fallar el prototipo, los interesados en el invento desistieron del mismo y se perdió esa oportunidad de hacerlo operativo, pues incluso en el caso de que hubiese algún elemento adicional a adecuar a su patente para hacer el invento operativo, consideraba el inventor inglés que él estaba en la posibilidad de determinarlo al momento, aunque en definitiva pensaba que sin adecuación alguna su invento debía funcionar si su reproducción física en un prototipo se realizaba de manera estricta según lo definido en su patente.


            Con el bagaje de información recibida por parte del inventor inglés, Enrico M. escribió una carta al señor P. de la S., dándole los detalles del estado del invento y de un estimado de lo requerido en términos económicos para su exitosa conclusión. Recibió Enrico M. pronta respuesta a su carta, donde P. de la S. le manifestaba su total acuerdo con la puesta en marcha de la construcción del prototipo y de la potestad del inventor inglés en el proceso de la construcción, de manera que éste llevase las riendas del desarrollo para no cometer los errores del prototipo inicial y así asegurarse del éxito del proyecto. El joven italiano colaboraría con su amigo inglés y establecería los contactos con el socio venezolano.


Dado que Thomas S. tenía a la mayor parte de su familia y amigos en los Estados Unidos de Norteamérica, le pareció acertada la posibilidad de llevarse su patente a América, y así poder allí construir su prototipo con colegas ingleses residenciados en Estados Unidos, y además se reducía la distancia con su aliado de negocios, el señor P. de la S. en Caracas, Venezuela.  Esta opción fue aprobada por los involucrados, de tal manera que partieron hacia los Estados Unidos  de América el inventor inglés y su amigo italiano, para poner a punto todo lo necesario y comenzar a la brevedad posible con el desarrollo del proyecto. El capital económico lo aportaba en su totalidad el señor P. de la S., quien tendría todos los derechos de uso y distribución del producto desarrollado, al menos en lo que a América se refería.


            Ya en Estados Unidos, Thomas S. hizo contacto con sus colegas inmigrantes para involucrarlos en el proyecto. Tres amigos mecánicos se unieron al desarrollo del prototipo, se adquirieron todos los materiales requeridos y durante el proceso el ayudante italiano proveyó –solicitándolo al inversor venezolano- todo lo necesario e incluso colaboró en la construcción, y el inventor inglés dio todos los detalles y los pasos a seguir durante el proceso de desarrollo del prototipo. Pasados dos meses desde el arribo a Estados Unidos, después de un arduo trabajo de todos los participantes, se finalizó un prototipo que fue probado, grosso modo, por los creadores del mismo, y según sus pruebas funcionó correctamente. Faltaba probar la practicidad del invento para el usuario final, por lo que fue llevado a Caracas para ser probado por un costurero de la familia P. de la S.
 

            En Caracas, el prototipo del equipo de coser fue llevado por Enrico M. y el inventor inglés a la casa de los P. de la S. para ser probado por la costurera de la familia Ana I., quien al ver tan sofisticado equipo pensó no poder manipularlo, pero al recibir las instrucciones de su uso, indicadas por Enrico M. en un español relativamente fluido –pues se interesó por aprender el idioma de sus amigos americanos- la joven costurera quedó maravillada al observar como podía tan fácilmente -sin necesidad de utilizar manualmente una aguja, hilo y alfileres- coser una sotana de cura, un traje de gala militar e incluso unas botas de militar. Para asegurar la practicidad del invento fue probado por un usuario no especialista en costura, Teresa P., la esposa del primo de Enrico M. quien consideró el equipo también fácil y práctico de usar.  Resultó todo un éxito el prototipo y brindaron los P. de la S. en compañía del inventor Thomas S., Enrico M. y Francesco J. por el logro alcanzado y por el futuro próspero en el desarrollo de negocios con el equipo creado.

            Enrico M. aprovechó la visita a Caracas para agradecer en su español auto-aprendido a la joven Ana I., ya que ella fue su inspiración para interesarse el desarrollo del equipo de coser creado, pues quería que sus delicadas manos no sufrieran más los estragos de la costura manual. Ana I. se sintió halagada y agradecida por el gesto de Enrico M. y le expresó su agradecimiento en italiano, según le enseñó Teresa P.: Le ringrazio anche io. Así los dos jóvenes se demostraron su afecto y agradecimiento mutuo y vislumbraron un futuro promisorio para todos.


            Conversando con su primo, el joven Enrico M. supo que la joven Ana I. le había tomado mucho afecto, el cual él correspondía, por lo que había desistido de tomar el camino religioso y esperaba poder establecer una relación con la joven venezolana y formar una familia. Y así lo hizo, Enrico M. desposó a Ana I., en mayo de 1798. El éxito del desarrollo de la máquina para coser permitió a los P. de la S. prosperar en su negocio de manufactura de trajes y dio a Ana I. la posibilidad de forjar su negocio propio junto a su esposo italiano, creando una empresa independiente de reparación de trajes de todo tipo, siendo los P. de la S. sus clientes principales pues los trajes militares y clericales eran enviados al taller de Ana I., al cual se llamó Costuras Marco Polo y estaba localizado en la casa de los esposos M. a una cuadra de la casa de los P. de la S.


Ana I. y Enrico M. tuvieron dos hijos, Ana María y Jesús Ángel. Enrico M. fue un feliz, devoto y ejemplar hombre, padre y esposo hasta su muerte en 1814, como otro de los mártires no criollos, caído en una de las tantas batallas de la guerra revolucionaria de independencia de Venezuela libradas por el ejército patriota contra el tirano Boves.

Al finalizar la guerra de independencia, Ana I. y sus hijos se mudaron fuera de Caracas, a los valles de Aragua, fundando la Hacienda Marco Polo donde continuaron con el negocio de la costura, mudando su taller para allí y llamándolo Diseños Enrico M. en honor a su esposo. Ahora se incluía el término Diseños en el nombre del taller pues además de reparar trajes, se realizaban confecciones propias. Como negocio familiar, Diseños Enrico M. continuó operativo hasta mediados del siglo XX, cuando ya el auge petrolero y el avance tecnológico dio otros derroteros de negocio a los descendientes de  los esposos italo-venezolanos, esposos que, junto a la familia P. de la S. y al inventor inglés Thomas S. llevaron prosperidad a sus hogares y a muchos hogares de América y forjaron el camino de la costura en América con la invención de la primera máquina de coser operativa y de uso práctico creada por el inglés Thomas S. Hay en la Hacienda Marco Polo un pequeño museo en honor a los progresos de la costura en América en el cual se honra a sus primeros promotores, y donde se explica que la máquina de coser tradicional -más allá de unas cuantas mejoras ergonómicas- continúa construyéndose con las características de la patente inglesa de 1790, del inventor Thomas S., quien pudo construir su invento con la colaboración del italiano Enrico M. y el financiamiento del venezolano Andrés P. de la S.
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El ruiseñor y la rosa


"Realmente el amor es una cosa maravillosa: es más precioso que las esmeraldas y más caro que los finos ópalos. Perlas y granates no pueden pagarle porque no se halla expuesto en el mercado. No puede uno comprarlo al vendedor, ni pesarlo en una balanza para adquirirlo a peso de oro" En: "El ruiseñor y la rosa" del escritor y poeta irlandés Oscar Wilde (1854-1900).

El ruiseñor y la rosa es un cuento que me sorprendió mucho cuando lo leí por primera vez hace ya bastante tiempo, porque en un transcurso de lectura tan corto y dramático a la vez, se da tan gran lección de cómo se idealiza el amor y también como se le banaliza, se le condiciona y se le otorga tan poca importancia. Dos formas de ver el amor contrastantes y que desafortunadamente ocurre muy a menudo en la vida, hay quien lo da todo por el amor y hay quien no da nada por éste. Y también da cuentas de cómo paralelamente se experimentan sentimientos totalmente diferentes con respecto a una misma situación.

Para algunos el amor es un gran ideal por el que vale la pena darlo todo, sufrir e incluso morir como lo hizo el ruiseñor, en su caso para lograr que se materializara el amor entre dos jóvenes. Dos jóvenes que de forma tan fácil y rápida desmeritan el sacrificio hecho por el ruiseñor y descartan el amor por ser una tontería, siendo mejor dedicarse a disfrutar de las joyas, los lujos y  de la filosofía.
             A continuación les dejo el texto de dicho cuento de Oscar Wilde, tomado desde la Biblioteca Cervantes Virtual en http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/el-ruisenor-y-la-rosa-y-otros-cuentos-poemas-en-prosa--0/html/ff0cedbe-82b1-11df-acc7-002185ce6064_2.HTML

El ruiseñor y la rosa
-Ha dicho que bailaría conmigo si le llevaba unas rosas rojas -se lamentaba el joven estudiante-, pero no hay en todo mi jardín una sola rosa roja.

Desde su nido de la encina oyole el ruiseñor. Miró por entre las hojas asombrado.

-¡No hay una sola rosa roja en todo mi jardín! -gritaba el estudiante.

Y sus bellos ojos se llenaban de lágrimas.

-¡Ah, de qué cosa más insignificante depende la felicidad! He leído todo cuanto han escrito los sabios; poseo todos los secretos de la filosofía y tengo que ver mi vida destrozada por falta de una rosa roja.

-He aquí por fin el verdadero enamorado -dijo el ruiseñor-. Le he cantado todas las noches, aun sin conocerle; todas las noches repito su historia a las estrellas, y ahora le veo. Su cabellera es oscura como la flor del jacinto y sus labios rojos como la rosa que desea; pero la pasión ha tornado su rostro pálido como el marfil y la pena le ha marcado en la frente con su sello.

-El príncipe da un baile mañana por la noche -murmuraba el joven estudiante-, y mi adorada asistirá a la fiesta. Si le llevo una rosa roja, bailará conmigo hasta el amanecer. Si le llevo una rosa roja, la tendré en mis brazos. Reclinará su cabeza sobre mi hombro y su mano estrechará la mía. Pero no hay rosas rojas en mi jardín. Por lo tanto, tendré que estar solo y no me hará caso ninguno. No se fiará en mí para nada y mi corazón se desgarrará.

-He aquí el verdadero enamorado -dijo el ruiseñor-. Sufre todo lo que yo canto: todo lo que es alegría para mí, para él es pena. Realmente el amor es una cosa maravillosa: es más precioso que las esmeraldas y más caro que los finos ópalos. Perlas y granates no pueden pagarle porque no se halla expuesto en el mercado. No puede uno comprarlo al vendedor, ni pesarlo en una balanza para adquirirlo a peso de oro.

-Los músicos estarán en su estrado -decía el joven estudiante-. Tocarán sus instrumentos de cuerdas y mi adorada bailará a los sones del arpa y del violín. Bailará tan vaporosamente que su pie no tocará el suelo, y los cortesanos con sus alegres atavíos la rodearán solícitos; pero conmigo no bailará porque no tengo rosas rojas que darle.

Y dejándose caer sobre el césped, hundía su cara en sus manos y lloraba.

-¿Por qué lloras? -preguntaba una lagartija verde correteando cerca de él con su cola levantada.

-Sí, ¿por qué? -decía una mariposa que revoloteaba persiguiendo un rayo de sol.

-Eso es, ¿por qué? -murmuró una margarita a su vecina, con una dulce vocecilla.

-Llora por una rosa roja.

-¿Por una rosa roja? ¡Qué ridiculez!

Y la lagartija, que era algo cínica, se echó a reír con todas sus ganas.

Pero el ruiseñor, que comprendía el secreto de la pena del estudiante, permaneció silencioso en la encina, reflexionando en el misterio del amor.

De pronto desplegó sus alas oscuras y emprendió el vuelo.

Pasó por el bosque como una sombra, y como una sombra atravesó el jardín.

En el centro del parterre se levantaba un hermoso rosal, y al verle voló hacia él y se posó sobre una ramita.

-Dame una rosa roja -le gritó- y te cantaré mis canciones más dulces.

Pero el rosal sacudió su cabeza.

-Mis rosas son blancas -contestó-, blancas como la espuma del mar, más blancas que la nieve en la montaña. Pero ve en busca del hermano mío que crece alrededor del viejo reloj de sol y quizá él te dé lo que pides.

Entonces el ruiseñor voló al rosal que crecía en torno del viejo reloj de sol.

-Dame una rosa roja -le gritó- y te cantaré mis canciones más dulces.

Pero el rosal sacudió su cabeza.

-Mis rosas son amarillas -respondió-, tan amarillas como los cabellos de las sirenas que se sientan sobre un tronco de árbol, más amarillas que el narciso que florece en los prados, antes de que llegue el segador con su hoz. Pero ve en busca de mi hermano, el que crece debajo de la ventana del estudiante y quizá él te dé lo que pides.

Entonces el ruiseñor voló al rosal que crecía debajo de la ventana del estudiante.

-Dame una rosa roja -le gritó- y te cantaré mis canciones más dulces.

Pero el arbusto sacudió su cabeza.

-Mis rosas son rojas -respondió-, tan rojas como las patas de las palomas, más rojas que los grandes abanicos de coral que el océano mece en sus abismos; pero el invierno ha helado mis venas, las heladas han marchitado mis botones, el huracán ha partido mis ramas, y no tendré ya rosas en todo este año.

-No necesito más que una rosa roja -gritó el ruiseñor-, una sola rosa roja. ¿No hay ningún medio para que yo la consiga?

-Hay un medio -respondió el rosal-, pero es tan terrible que no me atrevo a decírtelo.

-Dímelo -contestó el ruiseñor-. No soy asustadizo.

-Si necesitas una rosa roja -dijo el rosal-, tienes que hacerla con notas de música, al claro de luna, y teñirla con la sangre de tu propio corazón. Cantarás para mí, con el pecho apoyado en mis espinas. Cantarás para mí durante toda la noche y las espinas te atravesarán el corazón: la sangre de tu vida correrá por mis venas y se convertirá en sangre mía.

-La muerte es un buen precio por una rosa roja -replicó el ruiseñor- y todo el mundo ama la vida. Es grato posarse en el bosque verdeante y mirar al sol en su carro de oro y a la luna en su carro de perlas. Dulce es el olor de los nobles espinos. Dulces son las campanillas que se esconden en el valle y los brezos que cubren la colina. Sin embargo, el amor es mejor que la vida. ¿Y qué es el corazón de un pájaro comparado con el de un hombre?

Entonces desplegó sus alas oscuras y emprendió el vuelo. Pasó por el jardín como una sombra y como una sombra cruzó el bosque.

El joven estudiante permanecía tendido sobre el césped, allí donde el ruiseñor le dejó, y las lágrimas no se habían secado aún en sus bellos ojos.

-Sed feliz -le gritó el ruiseñor-, sed feliz; tendréis vuestra rosa roja. La crearé con notas de música al claro de luna y la teñiré con la sangre de mi propio corazón. Lo único que os pido en cambio es que seáis un verdadero enamorado, porque el amor es más sabio que la filosofía, aunque ésta lo sea. Y más fuerte que el poder, aunque éste también lo sea. Sus alas son color de fuego y su cuerpo color de llama; sus labios son dulces como la miel y su aliento es como el incienso.

El estudiante levantó los ojos del césped y prestó atención; pero no pudo comprender lo que le decía el ruiseñor, pues únicamente sabía las cosas que están escritas en los libros.

Pero la encina lo comprendió y se puso triste, porque amaba mucho al ruiseñorcito que había construido el nido en sus ramas.

-Cántame la última canción -murmuró-. ¡Me quedaré tan triste cuando te vayas!

Entonces el ruiseñor cantó para la encina; y su voz era como el agua reidora de una fuente argentina.

Al terminar su canción, el estudiante se levantó, sacando al mismo tiempo su cuadernito de notas y su lápiz de bolsillo.

-El ruiseñor -se decía paseándose por la alameda-, el ruiseñor posee una belleza innegable, ¿pero siente? Me temo que no. Después de todo, es como muchos artistas, todo estilo sin nada de sinceridad. No se sacrifica por los demás. No piensa más que en la música y en el arte; como todo el mundo sabe, es egoísta. Ciertamente, no puede negarse que su voz tiene notas muy bellas. ¡Qué lástima que todo eso no tenga sentido alguno, que no persiga ningún fin práctico!

Y volviendo a su habitación se acostó sobre su jergoncito y se puso a pensar en su adorada.

Al poco rato se durmió.

Y cuando la luna brillaba en los cielos, el ruiseñor voló al rosal y colocó su pecho contra las espinas.

Y toda la noche cantó con el pecho apoyado sobre las espinas; y la fría luna de cristal se detuvo y estuvo escuchando toda la noche.

Cantó durante toda la noche y las espinas penetraron cada vez más en su pecho y la sangre de su vida fluía de su pecho.

Al principio cantó el nacimiento del amor en el corazón de un joven y de una muchacha; y sobre la rama más alta del rosal floreció una rosa maravillosa, pétalo tras pétalo, canción tras canción.

Primero era pálida como la bruma que flota sobre el río, pálida como los pies de la mañana y argentada como las alas de la aurora.

La rosa que florecía sobre la rama más alta del rosal, parecía la sombra de una rosa en un espejo de plata, la sombra de la rosa en un lago.

Pero el rosal gritó al ruiseñor que se apretase más contra las espinas.

-Apriétate más, pequeño ruiseñor -le decía-, o llegará el día antes de que la rosa esté terminada. Entonces el ruiseñor se apretó más contra las espinas y su canto fluyó más sonoro, porque cantaba el nacimiento de la pasión en el alma de un hombre y de una virgen.

Y un delicado rubor apareció sobre los pétalos de la rosa, lo mismo que enrojece la cara de un enamorado que besa los labios de su prometida.

Pero las espinas no habían llegado aún al corazón del ruiseñor; por eso el corazón de la rosa seguía blanco; porque sólo la sangre de un ruiseñor puede colorear el corazón de una rosa.

Y el rosal gritó al ruiseñor que se apretase más contra las espinas.

-Apriétate más, pequeño ruiseñor -le decía-, o llegará el día antes de que la rosa esté terminada. Entonces el ruiseñor se apretó aún más contra las espinas, y las espinas tocaron su corazón y él sintió en su interior un cruel tormento de dolor.

Cuanto más acerbo era su dolor, más impetuoso salía su canto, porque cantaba el amor sublimizado por la muerte, el amor que no acaba en la tumba.

Y la rosa maravillosa enrojeció como las rosas de Bengala. Purpúreo era el color de los pétalos y purpúreo como un rubí era su corazón.

Pero la voz del ruiseñor desfalleció. Sus breves alas empezaron a batir y una nube se extendió sobre sus ojos.

Su canto se fue debilitando cada vez más. Sintió que algo se ahogaba en la garganta.

Entonces su canto tuvo un último fulgor. La blanca luna le oyó y olvidándose de la aurora se detuvo en el cielo.

La rosa roja le oyó; tembló toda ella de arrobamiento y abrió sus pétalos al aire frío de la mañana. El eco le condujo hacia su caverna purpúrea de las colinas, despertando de sus sueños a los rebaños dormidos.

El canto flotó entre los cañaverales del río, que llevaron su mensaje al mar.

-Mira, mira -gritó el rosal-, ya está terminada la rosa.

Pero el ruiseñor no respondió: yacía muerto sobre las altas hierbas, con el corazón traspasado de espinas.

A mediodía el estudiante abrió su ventana y miró hacia afuera.

-¡Qué extraña buena suerte! -exclamó-. ¡He aquí una rosa roja! No he visto una rosa semejante en toda mi vida. Es tan bella, que estoy seguro de que debe tener en latín un nombre enrevesado.

E inclinándose, la cogió.

En seguida se puso el sombrero y corrió a casa del profesor con su rosa en la mano.

La hija del profesor estaba sentada a la puerta. Devanaba seda azul sobre un carrete, con un perrito echado a sus pies.

-Dijisteis que bailaríais conmigo si os traía una rosa roja -le dijo el estudiante-. He aquí la rosa más roja del mundo. Esta noche la prenderéis cerca de vuestro corazón, y cuando bailemos juntos, ella os dirá lo mucho que os amo.

Pero la joven frunció las cejas.

-Temo que esta rosa no se armonice bien con mi vestido -respondió-. Además, el sobrino del chambelán me ha enviado varias joyas de verdad y ya se sabe que las joyas cuestan más que las flores.

-¡Oh, a fe mía que sois una ingrata! -dijo el estudiante lleno de cólera.

Y tiró la rosa al arroyo. Un pesado carro la aplastó.

-¡Ingrato! -dijo la joven-. Os diré que os portáis como un grosero, y después de todo, ¿qué sois? Un simple estudiante. ¡Bah! No creo que podáis tener nunca hebillas de plata en los zapatos como las del sobrino del chambelán.

Y levantándose de su silla, se metió en su casa. -¡Qué bobería es el amor! -se decía el estudiante a su regreso-. No es ni la mitad de útil que la Lógica, porque no puede probar nada; habla siempre de cosas que no sucederán y hace creer a la gente cosas que no son ciertas. Realmente, no es nada práctico, y como en nuestra época todo estriba en ser práctico, voy a volver a la filosofía y al estudio de la metafísica.

Y dicho esto, el estudiante, una vez en su habitación, abrió un gran libro polvoriento y se puso a leer.

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