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Algo de estudio histórico: La guerra de las imágenes


Resumen: “La guerra de las imágenes. De Cristóbal Colón a 'Blade Runner'”[1]


El autor da cuentas de que en la época colonial las imágenes religiosas se difundieron ampliamente entre la población colonial y, particularmente, en la comunidad indígena, así  “...[las] 200 fraternidades indígenas que alberga la ciudad de México en 1585 veneran, todas ellas,una imagen o un retablo de su santo patrón”(Gruzinski,1994:160), mezclándose lo religioso con lo comercial y otros usos extra-religiosos, por lo que la Iglesia trató, no de manera eficaz, de establecer límites en el uso de las imágenes religiosas. Cultos como el de la Virgen, se sincretizaron y encontraron  incluso antecedentes para representar a través de imágenes, en lo prehispánico, medieval y renacentista.  El culto a la Muerte misma se fundamentó en elementos religiosos que la Iglesia nunca inculcó pero que tampoco pudo desarraigar del imaginario americano.
 
Las imágenes podían encontrarse en cualquier parte, incluso en el cuerpo de las personas, mediante tatuaje o pintura corporal, lo que daba cuentas de la cercanía con la imagen; el diablo era comúnmente reflejado en esas imágenes corporales. La imagen se convirtió, en el México colonial, en un elemento de interacción con quien se relacionaba a través de la expresión de pasiones, presiones, respeto, amenazas, etc., a través de acciones relacionadas con lo que se quería expresar como por ejemplo el romper la imagen al no conseguir de ellas lo que se esperaba; y estas expresiones de relación se daban en los distintos ámbitos de la sociedad colonial (religioso, familiar, etc) y por diversas razones (frustraciones, odio, delirio, etc). Así, se desarrolló también la iconoclastia como una expresión de las frustraciones y la desesperanza, deslindándose de lo religioso aunque en realidad eso “religioso” no tuviera que ver, en muchos casos, con lo establecido con la Iglesia católica. Y la iconoclastia, aunque elemento aislado y minoritario en la sociedad colonial, fue utilizada como mecanismo de irreverencia, subversión y venganza, por ejemplo, acusándose de iconoclastas a quienes se quisiera castigar. También, por contradictorio que pareciese, la iconoclastia contribuyó a fomentar más la devoción a las imágenes.
 
La ingesta de alucinógenos contribuyó a la ocurrencia de visiones sobrenaturales o alucinaciones de carácter religioso, lo cual fue condenado por la Iglesia. La hechicería también se relacionó profundamente con las imágenes, incluso religiosas, produciéndose alucinaciones y delirios, inclusive sin necesidad de alucinógenos, como en casos de la bruja española María Felipa de Alcaraz quien indica realizaba actos carnales pervertidos con imágenes cristianas y, además, inventaba acusaciones de judaización en indígenas y de actos irrespetuosos de los indígenas hacia el culto cristiano, y con sus narraciones delirantes da cuentas la bruja María Felipa de cómo las representaciones se trasladan de lo colectivo a lo individual, donde, individualmente, María Felipa desarrolla esa relación estrecha con la imagen y aún así en ese desarrollo iconoclasta se destaca el carácter sacro de la imagen. El imaginario toma derroteros que ni la Iglesia ni el individuo pueden evitar.

 Las imágenes promovidas por la Iglesia católica también son apropiadas por los indígenas e interpretadas a su manera en forma individual o colectiva, apegadas esas formas de apropiación a lo religioso algunas veces y, otras veces, en forma pagana. El culto prehispánico a las imágenes no está tan documentado como el culto colonial, pero se conocen algunas cosas a través de excavaciones, que, por ejemplo, dan cuenta de las apropiación de imágenes de Teotihuacan por parte de los mexicas, tal como luego lo hicieron los indígenas de la época colonial al apropiarse de imágenes del culto cristiano, como se mencionó, lo que ocurrió, para éstos últimos, en muchos casos por razones de índole lingüística en la comunicación entre el indígena y el colonizador, donde los indígenas le asignaron un significado diverso a las imágenes de aquel que quería implantar los colonizadores por confundirse con los términos utilizados por los colonizadores.

 Si bien los españoles lograron eliminar los elementos más visibles de la cultura y cosmogonía prehispánica, elementos minúsculos y poco visibles permanecieron y, en algunos casos, se mezclaron con los íconos cristianos, por ejemplo, se entremezclan ídolo y santo, tanto por parte de los indígenas como por parte de los españoles. Los santos calaron en el imaginario de los indígenas y éstos se destacaron en la reproducción de imágenes en los talleres creados por los españoles, añadiéndole a la creación su propio estilo, muchas veces de contraste con lo establecido por la Iglesia. La casa y la cofradía se convierten en los lugares donde se exhiben los cuadros e imágenes.
 
 Los indígenas en sus testamentos legan bienes en favor de sus santos. El imaginario está por encima de la imagen y todo el culto tiene relevancia en la formación del imaginario para la veneración de la imagen. El santo no resulta una materia inerte. “es una entidad que se basta a sí misma y no se resume en la dialéctica del significante y el significado”, a veces comparándose al santo con el Cristo o Dios vivo mismo. El santo se convierte en parte de la familia, se desarrolló una relación íntima entre el indígena y el santo, y se le atribuye un carácter antropomorfo al santo que le otorga vida propia. Además, el imaginario del santo refleja la forma cómo el indígena practicaba su cristianismo. Las representaciones teatrales de hechos religiosos  fueron comunes entre los indígenas. En regiones como Coatlán se desarrolló la iconoclastia por parte de los indígenas con rituales perversos y crueles en lugares como cementerios, con ultraje a los difuntos y retando a Dios.

Existe diversidad de formas con las que se forma el imaginario del indígena, así se pasa de “...la imagen a la divinidad, de la muñeca a la víctima, de lo inanimado a lo animado”. Ya para el siglo XVIII, se dan casos en que los indígenas se apropian de imágenes religiosas como elementos de rebelión contra el orden religioso cristiano establecido, participando de sectas y cultos paganos.  Los imaginarios de los indígenas y mestizos eran en gran cantidad y de diferentes formas para las distintas etnias y en las distintas regiones . Y es que el imaginario barroco realizaba “una sacralización del mundo” y logró evitar grosso modo las disidencias, pero el “desencantamiento” desarrollado por la Ilustración y el despotismo ilustrado amenazó la reproducción de esa imagen.
         


[1]              Serge Gruzinski. La guerra de las imágenes. De Cristóbal Colón a 'Blade Runner'. México. FCE.  1994. pp. 160-198

 
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Algo de estudio histórico: El vestido habla


Resumen: “El vestido habla: consideraciones psico-sociológicas sobre la indumentaria”[1]

El autor Squicciarino destaca que la conciencia es colectiva y se desarrolla en relación con lo colectivo, y por ello el ser humano se debe estudiar en relación a lo social sobre todo en lo referido a la comunicación no verbal. Históricamente se le ha dado prioridad al estudio de la comunicación verbal, donde la comunicación no verbal era desestimada por los antiguos y fue a partir de los años 60’s del siglo XX que se comienza el desarrollo del estudio de la comunicación no verbal. En la interacción entre las personas se da un intercambio de señales no verbales que son codificadas y decodificadas entre los interlocutores; incluso esas señales determinan cómo interactúan ya que dan cuenta de características de los interlocutores. La relevancia dada a la comunicación no verbal ha permitido desarrollar el estudio de elementos como el vestido como signo en su relación con lo social en el ser humano, y como un elemento al que no se le da sólo un significado intencional, pues no se le restringe al análisis semiótico referido sólo a lo intencional, sino ampliando su ámbito como lo proponían Humberto Eco y Roland Barthes. Así, por ejemplo, John Flügel analiza psicoanalíticamente el vestido como símbolo o síntoma.

El rostro constituye un símbolo muy relevante de la comunicación no verbal, revelador de sentimientos y actitudes (felicidad, ira, sorpresa, tristeza, disgusto y miedo), delimitadas en las distintas partes del rostro y que, dependiendo del contexto social y cultural donde se ejecuten las expresiones faciales, pueden significar una cosa u otra,  además que pueden simularse expresiones para falsificar o fingir sentimientos. Los ojos son el centro de expresión de la cara y sus formas de uso y posibles significados dependen de la personalidad, el sexo (entre otros) de los interlocutores, y son los ojos de importancia primordial en la expresión de elementos sexuales. Los gestos y el movimiento del cuerpo tienen un carácter relevante en el lenguaje no verbal, como lo demuestra, por ejemplo, el caso del lenguaje de sordomudos, y por lo que se ha desarrollado toda una ciencia de estudio de los gestos y el movimiento del cuerpo como es la cínesis. La postura y el cambio de posición en el espacio son utilizados también como señales de la interacción, así, la cercanía o la lejanía en la interacción pueden denotar simpatía o antipatía, respectivamente; también elementos como la inclinación al sentarse tienen un significado en la interacción personal. Mehrabian define dos posiciones fundamentales con respecto a la posición del cuerpo: 1) la intimidad, manifestada por ejemplo en la inclinación del cuerpo hacia delante, la proximidad, etc; y 2) la distensión, que se manifiesta en la posición asimétrica de los brazos y de las piernas, en la inclinación lateral, entre otros. Otros autores como Goffman o Argyle han ofrecido resultados similares.

La postura y la personalidad están relacionadas y esto se ha verificado experimentalmente., aunque igualmente las posturas pueden utilizarse para ocultar intencionalmente algún rastro o emoción al igual que para hacerlo patente. La imagen corporal es otro tipo de elemento de comunicación no verbal que  tiene un carácter primordial en las relaciones, así, por ejemplo, generalmente la gente más bonita cae mejor, y por ello la gente se esmera en acicalarse para ofrecer el mejor aspecto posible. También el vestirse bien o el descuido con el vestido pueden dar cuenta de estar motivado en lucir o desmotivado en hacerlo, respectivamente, por estar personalmente motivado o desmotivado, aunque también puede estar relacionado con la ideología, como, por ejemplo, en el caso de los hippies. La apariencia forma toda una estructura donde la indumentaria es uno de los tantos componentes y por tanto debe estudiarse en relación con el todo de la estructura. El vestido puede expresar actitudes hacia los demás como agresividad, rebeldía, sumisión, entre otras; también sirve como distinción en el rango social o profesional, o como negación de pertenencia al rango. El ser humano como “ser desprovisto” utiliza su cualidad creativa para proveerse y cuidarse; así, la ornamentación es considerada por muchos que surge como elemento de protección contra fuerzas  no físicas que el hombre primitivo pensaba actuaban contra él, y entre esa ornamentación, consideran algunos autores tiene el vestido sus antecedentes en un cordón que se ataba alrededor de los costados relacionado con vínculos mágicos, los cuales después se fueron transformando es su forma para fines estéticos.

Otros autores como Flügel, encuentran el origen del vestido en la necesidad de un atavío de refuerzo sexual, para destacar los órganos genitales. Otros autores, como Huizinga y Veblen, le otorgan un carácter lúdico a la vestimenta y al adorno.  La función de distinción o de distinguirse de los otros también ha sido considerada importante en el desarrollo del vestido, tanto distinciones por edad, sexo o capacidades o aptitudes, como por factores de diferenciación de clase. Funciones como la de protección del pudor y de protección climática han sido relacionadas al origen del vestido y aún hoy son consideradas entre las principales, sin embargo, estas funciones no tienen una evidencia etnológica. El caso de la caída del hombre o pérdida del paraíso mencionado en la Biblia es la que primordialmente ha otorgado un carácter de protección del pudor a través del uso de la hoja de higuera por parte del hombre pecador, ya que al pecar el hombre y la mujer entraron en conciencia de su desnudez, ya que al adquirir la razón como menciona el filósofo Kant, el hombre busca ocultar el estímulo sexual producido por la observación de los órganos genitales para dar paso al desarrollo del amor por encima del instinto, lo que se ha desarrollado a lo largo de la historia a través del arte, la poesía, la música y la vestimenta como “fundamento de la moral y la civilización”.

La moda es un mecanismo regulador de emociones y cambiante. La palabra se popularizó en el ámbito de la vestimenta por la distinción que de desarrollo en la vestimenta de la corte francesa para diferenciarse de la corte española que se dio en el siglo XVII.  La moda tiene una característica de promover la semejanza o la imitación, por ejemplo, las clases inferiores buscan emular a las superiores y distinguirse de las más bajas, siendo entonces la moda un producto de la división de las sociedades en clases, y teniendo la moda una significación de bienestar en contraposición de un estado de necesidades y de trabajo arduo. Por otro lado, la necesidad de variación erótica también es considerada como causa del origen de la moda, así, por ejemplo, René König, considera el origen de la moda en el instinto erótico y con función dual de destacar el atractivo y a la vez proteger el pudor de la persona.

Elementos de carácter ornamental, de novedad, de superficialidad y capricho, de carácter socioeconómico se consideran de influencia para el desarrollo de la moda: Otros consideran a la moda como instintiva y natural y por tanto de carácter inconsciente. En la sociedad capitalista actual, la difusión desde arriba de la moda se propone bajo el modelo “gota a gota”, aunque otros sociólogos consideran que la moda se propaga desde las clases medias hacia arriba y hacia abajo, dejando de lado la influencia hegemónica de los ricos en la clase alta. Se propone un modelo horizontal o de “virulencia” Para otros lo que ha cambiado, en realidad, es la forma en que la moda se difunde desde arriba, pues las clases medias acceden al consumo de los distintos productos debido a que los estratos de poder en las clases altas deciden que esos productos se produzcan, valga la redundancia; de allí que se proponga un modelo llamado “de las marionetas”, donde las clases de abajo reciben la influencia de la clase de arriba, en cierta forma de manera inconsciente, por medio, por ejemplo, de la publicidad y como se mencionó antes por medio de la producción definida por las clase alta; así, como refiere Baudrillard, en realidad no existe la igualdad u homogeneidad en el consumo en las sociedades de consumo, igualdad considerada por los sociólogos estadounidenses.

Las transformaciones en la vida social, caracterizadas en lo que se denomina espíritu del tiempo (Zeitgeist) influyen en el desarrollo o definición de la moda, así, por ejemplo, en el frívolo siglo XVII se destacó el uso de los vestidos delicados para ocultar las formas naturales del cuerpo humano; así también los cambios en el estilo educativo contribuyó a que la vestimenta en los niños en el siglo XIX se ajustara a la edad infantil; así, también, en la sociedad de consumo desaparece el traje burgués. En la sociedad de consumo actual, con el influjo de la publicidad, las cosas son adquiridas por el valor simbólico que tienen más que por el valor funcional, así, por ejemplo, los cosméticos son adquiridos por ser símbolo de juventud, ya que el consumo más que una práctica funcional se ha convertido en un código de signos, y por ello el consumo y la moda son altamente cambiantes. Por razones de lo cambiante de la moda hay que actualizarse constantemente. También la moda en la sociedad de masas y de consumo busca copiarse o “reciclar” lo anterior, repitiéndose modas del pasado no vivido.

La individualidad reinante en la sociedad actual promueve  el éxito personal como prioritario, destacándose la distinción entre “vencedor” y “perdedor”, distinciones tales dependientes también de una moda. Las apariencias actualmente definen la realidad por lo que las apariencias son prioritarias, así que la vida individual y las relaciones sociales en la sociedad actual son parte de un espectáculo donde la moda y la indumentaria (entre ellos el vestido) juegan un papel importante y donde el vestido ha perdido su carácter original antropológico relevante al falsearse su uso.
 


[1] Nicola Squcciarino. El vestido habla: consideraciones psico-sociológicas sobre la indumentaria. 3ra. Edición. Madrid. Ediciones Cátedra.  1998. pp. 17-53, pp. 151-190

 
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Algo de estudio histórico: ¿Un monumento a la conquista?


Resumen: “¿Un monumento a la conquista?. El paseo del real pendón en la Nueva España: entre vacatio regis e independencia”[1]

Las ceremonias constituyen representaciones relevantes de las formas y conceptualizaciones del poder y de los vínculos políticos. La autora analiza los actos ceremoniales referidos al paseo del real pendón entre 1808-1821 en Nueva España, en una época de continuidades y rupturas con los inicios de la época emancipadora y la formación de las nuevas repúblicas. Conceptos como ceremonia (acto para rendir culto a divinidades, y honor y reverencia a los profanos), costumbre (continuidad en la realización de una acción, por ejemplo, las ceremonias), público (tanto población como publicidad) y policía (orden y urbanidad o buenas costumbres) ayudan a entender el desarrollo de las ceremonias públicas en el período delimitado (1808-1821) en la región de la Nueva España (como por ejemplo, en la Ciudad de México). Las costumbres podían ser inmemoriales de tal manera de ser algo que no podía dejar de hacerse como se hizo ver para el caso de la fiesta de la conquista para evitar su negación en los tiempos de la emancipación, igual ocurrió con el manejo del término policía que se fundamentó en las prácticas y costumbres para lograr su arraigo.

El paseo del real pendón (celebrado hasta 1812) recordaba la conquista y se asociaba a la fundación de las ciudades. En Ciudad de México dicha fiesta se celebraba entre el 12 y 13 de agosto y se celebraba como recordatorio de los mártires caídos en la noche triste del 30 de junio de 1520 y también para celebrar la gloria heroica lograda con la caída de Tenochtitlán el 13 de agosto de 1521, por tanto la fiesta conmemoraba dos sucesos totalmente diversos.  En Puebla, Guadalajara y Zacatecas se celebraba la fiesta de la conquista de manera similar a la Ciudad de México y por motivos similares particulares de lo acontecido en la historia de la región.  El desarrollo del paseo del real pendón estaba contenido en la Recopilación de Leyes de los Reinos de las Indias y en cédulas posteriores. El paseo constituía todo un protocolo con la participación de virrey, el alférez real , ministros de la Real Audiencia, oficiales reales y funcionarios de los demás tribunales; la iglesia no participaba. El pendón, que se entregaba al alférez, se paseaba a lo largo de los distintos lugares. Habían ciertas diferencias en los paseos de pendón entre las distintas ciudades, donde se realizaba, de acuerdo a sus características históricas, así, por ejemplo, en Guadalajara el virrey no participaba sino que su lugar era tomado por el gobernador y presidente de la Audiencia. También a lo largo del tiempo se realizaron modificaciones en el desarrollo del recorrido del paseo del pendón, ya sea porque se creó una nueva locación, como en el caso de la catedral en Guadalajara.

En Puebla, por ejemplo, se utilizaron distintas ubicaciones para finalizar el recorrido y para la realización de la misa. Dentro de la gama  de diversidades, dos elementos son constantes en el desarrollo protocolar del paseo del pendón: el pendón  real como símbolo de la presencia del mismo rey, y el alférez real, como miembro del Ayuntamiento, como portador y conductor del pendón a lo largo del recorrido en recordatorio de la conquista.  El Ayuntamiento de México promovió el paseo del real pendón a lo largo de toda la historia colonial de la Nueva España. El alférez real no se consideraba podía ser sustituido por algún otro y así quedó patentado en 1808 cuando el paseo del real pendón y la jura al nuevo rey Fernando VII se celebraron el mismo día, y se quería proponer a otro personaje distinto al alférez para conducir el pendón, lo cual fue rechazado por el Ayuntamiento, pero sobre todo por la simultaneidad de los dos sucesos. La sustitución del alférez real por otro personaje era visto como conflicto de propiedad dado el carácter simbólico del pendón que quería ser tomado por otros miembros del Ayuntamiento. En 1809 se permitió que las parcialidades (apartadas o separadas de la república española y de comunidades indígenas) de Santiago y San Juan participaran en el paso, lo que se permitió en ese año pero se buscó evitar al año siguiente considerando no era “práctica ni costumbre”. Así, el concepto de costumbre fue utilizado por el Ayuntamiento con fines excluyentes, para evitar prácticas que el Ayuntamiento no aprobase.

En esta diatriba, el Ayuntamiento también indica que hace valer sus derechos y los del público, donde el concepto de público es considerado por el Ayuntamiento un elemento primordial del cual es representante, y por tanto al hacer valer sus derechos, consideraba hacía valer los del público.  Y el Ayuntamiento consideraba que el paseo del pendón debía ser realizado por los caballeros más notables de la sociedad de la Nueva España, descendientes de conquistadores, con un empleo militar o político; ya que las parcialidades no cumplían con ninguno de esos requisitos no podía participar de la ceremonia del paseo del real pendón. Los defensores de la participación de las parcialidades consideraba que estas ostentaban derechos productos de su ascendencia de los caciques nativos, además de que los indios eran Vasallos del rey y ya para la época eran considerados iguales en derechos a los españoles (esto, por los cambios en el orden político producidos en España y América a raíz de las abdicaciones de Bayona y la usurpación francesa al trono español). En 1811, participaron los gobernadores en el paseo del real pendón, pero en 1812, fue abolida por las Cortes de Cádiz la conmemoración de la fiesta de la conquista con el paseo del real pendón, y el hecho de haberse permitido la participación de los gobernadores de las parcialidades, tuvo que ver con la decisión de la abolición de la ceremonia del paseo del real pendón para la fiesta de la conquista, además de ser una consecuencia de todos los cambios que se produjeron debido a  la ruptura del orden colonial.

La declaración de igualdad de los reinos de América con los de España y el deseo de eliminar cualquier reminiscencia al pasado español de América, tenía también un efecto de considerar que el pasado de América era solo colonial y que no hubo una América prehispánica, y que además nunca hubo cierto nivel de igualdad entre el Reino de Indias y el Reino de España (igualdad que sí se dio en la mentalidad americana). Al ser abolido el paseo por el gobierno español, en el gobierno en América,  en las instituciones del Ayuntamiento y la Audiencia, se generaron diatribas en cuanto a sí la ceremonia debía eliminarse por completo, o sí sólo cambiaba en algunos aspectos, y al proponer la Audiencia realizar la misa  en un lugar distinto a la iglesia de San Hipólito, el Ayuntamiento se negó rotundamente considerando una vez más que ello era  contrario a la tradición y las costumbres, pero ya no pensando en la conmemoración de la conquista sino en una visión del Ayuntamiento de considerar a la fiesta como propia, como un símbolo del derecho del Ayuntamiento a gobernar la ciudad.

Cuando se abolió la constitución de Cádiz en 1814, por la vuelta de Fernando VII al trono español, se restableció entonces en 1815 la fiesta del real pendón y hubo diatribas en cuanto a la forma de realizarla y la pertinencia ya de la misma por parte de Ayuntamiento perdía su validez, ya que el proceso de emancipación ya hacía obsoleta la mentalidad del Ayuntamiento de reivindicar ante los peninsulares su derecho de gobernar la ciudad. La fiesta debido a las distintas interpretaciones que se le dio en los distintos ámbitos sobrevivió en muchas ciudades de la ex Nueva España, es decir, de la república naciente mexicana, y aún impregnada de su connotación relacionada a la conquista y fundación de las ciudades.



[1] Laura Giraudo. Un monumento a la conquista?. El paseo del real pendón en la Nueva España: entre vacatio regis e independencia. En: Fresquet, Irene.  Bastillas, cetros y blasones: La independencia en Iberoamérica. España. Mapfre.  2006. pp. 203-229

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Algo de estudio histórico: “Las imágenes, los imaginarios y la occidentalización”

 
Resumen: “Las imágenes, los imaginarios y la occidentalización”[1]
 
            La empresa de dominación española en América constituye una de las más destacadas y complejas y “se enfocó al sometimiento de los cuerpos y los imaginarios”, por tanto, el estudio del rol de la imagen en el proceso de conquista y colonización resulta pertinente y así lo hace el autor en el texto en particular en lo que se refiere a la conquista de España en México. El proceso de conquista y colonización fue turbulento desde sus orígenes y generó fragmentación en todos los ámbitos de la sociedad americana modificando y/o deteriorando la identidad originaria del indígena produciendo nuevas identidades, ya que se modificó o dificultó la comunicación entre los distintos grupos, lo cual además prefiguró la forma actual en que los americanos se acercan a las demás culturas del mundo. Sin embargo, la imagen occidental en la sociedad colonial “permitió paliar los efectos de una comunicación perturbada de manera tan duradera al movilizar capacidades específicas desarrolladas en medio de los desórdenes de la conquista”.

            El autor plantea que el término occidentalización resulta más pertinente que el término colonización, toda vez que los conquistadores vinieron a América e impusieron características (en lo religioso, cultural y/o político) occidentales en los aborígenes del territorio conquistado  en una suerte de duplicación de la sociedad europea en América, y dotándola de elementos innovadores que, en cierta forma, hubieran querido lograr en Europa. En elementos como la infraestructura se plasmaba ese ideal europeo y donde el indígena tenía un lugar que ocupar, mezclando su cultura con la impuesta  y que, además, tenía el indígena la capacidad de asimilar y apropiarse de las técnicas europeas con mayor facilidad que el europeo mismo, produciendo y reproduciendo con eficacia los métodos europeos para la producción. La arquitectura de las iglesias constituyó una simbolización de orden celestial y terrenal, de triunfo y derrota, así, por ejemplo, el arco tenía una simbolización referida al triunfo europeo por sobres los vencidos de América.

            Las imágenes jugaron un papel importante en el proceso de colonización donde los europeos plantearon una diatriba iconoclasta, donde se refutó la idolatría del indígena a los dioses prehispánicos y los indígenas consideraron que los europeos eran igualmente idólatras, así que los españoles en un manejo maniqueísta de la diatriba alegaron que sus imágenes representaban al Dios bueno, mientras que las imágenes de los indígenas representaban a los dioses malos, y esto lo aceptaron los indígenas. Los españoles utilizaron las imágenes -como por ejemplo las pinturas- para evangelizar  y además estas imágenes contribuyeron a forjar un nuevo orden visual y un nuevo imaginario (inculcar los conceptos y los hechos tal como lo entendían los españoles) y además los europeos también buscaron tratar de distinguir el significado del significante en la imagen para evitar la idolatría. La forma en que los indígenas asimilaban las imágenes europeas era diferente a cómo la asimilaban los europeos, puesto que estos últimos tenían un bagaje de conocimientos del que los indígenas carecían. Los indígenas muy hábiles, de forma mimética, aprendieron las artes pictóricas inculcadas por los europeos y además hacen mezclas con su cultura prehispánica para innovar, por ejemplo, eso se puede constatar en la iglesia de Ixmiquilpan en México, donde el arte pictórico plasmado de cuentas de elementos europeos, como la gesticulación y la indumentaria, y elementos prehispánicos, como imágenes sin perspectiva y representación en perfil y también indumentaria indígena.

            El autor indica que una de las causas por las que este tipo de imágenes pudo crearse puede ser la influencia de la lucha entre moros y cristianos inculcada en los indígenas por los europeos, fomentándose la llamada fiesta de moros y cristianos, y que los indígenas transpolaron a su entorno histórico, sustituyendo a los moros por los chichimecas, pues con éstos  tuvieron que luchar los españoles para la conquista del norte de México. Por otro lado, más bien, esas imágenes en Ixmiquilpan pudieron dar cuenta de las luchas pasadas entre toltecas y chichimecas más que ser una adaptación del tema de los moros y cristianos, y también dan cuenta esas imágenes de los ritos paganos indígenas que se mezclaron con el rito cristiano. También refiere Gruzinski, que rasgos de la obra Las metamorfosis de Publio Ovidio Nasón, se verifican en las pinturas de la iglesia de Ixmiquilpan, posiblemente porque estas obras fueron difundidas en América gracias al Renacimiento que promovió la obra del poeta latino Ovidio, y así dicha obra llegó a América con los conquistadores y evangelizadores, y además trazaron semejanzas entre los dioses de la antigüedad y los dioses paganos indígenas para concluir que podían convertir el paganismo indígena al cristianismo. Por otro lado, los indígenas pudieron apropiarse del paganismo ovidiano para disimular el suyo propio, y por ello la presencia de frescos con rasgos de la obra de Ovidio en la iglesia de Ixmiquilpan, convirtiéndose los elementos paganos prehispánicos en alegóricos, generándose además un mestizaje visual. México constituye un laboratorio para analizar la  formas de la apropiación de la imagen occidental que se dio en América.

           A mediados del siglo XVI se pasó de la imagen manierista a la barroca debido a motivos religiosos, técnicos y sociales, ya que la sociedad se urbanizaba y se daba el mestizaje incluso en lo cultural, donde se le comenzó a dar importancia a lo prehispánico que en un principio se negaba; pero el interés y la permisividad en el manejo del imaginario se daba supeditado al Concilio de Trento, prohibiéndose  cualquier imagen que la Iglesia considerase impropia, y trajeron a América pintores europeos para asegurar la rigidez en el manejo de las imágenes, desarrollándose así la imagen barroca colonial. El culto a la Virgen de Guadalupe por parte de los indígenas y la apariencia indígena dada a la imagen de la virgen resultó de provecho para el proceso evangelizador; por un tiempo, la devoción a la Virgen y el carácter milagroso de la misma perdió relevancia, hasta que en el siglo XVII, el canónigo Sánchez editó información recopilada -sobre todo oralmente- referente a lo que ocurría en el pasado con el culto a la Virgen y cómo se originó, constituyéndose en un relato avalado por la Iglesia, y promovido por la élite criolla y universitaria para apoyar al arzobispado de México por sobre el Cabildo de la ciudad, que se había apropiado de la Virgen de los Remedios como su protectora.  Y también, refiere Gruzinski, que el culto a la Virgen adoptó un carácter nacionalista que la llevó en el siglo XVIII a ser patrona de todo el país.

            La imagen barroca ya no era sólo un símbolo de algo, sino que ese algo estaba en la imagen. Además, ya las imágenes no eran sólo para evangelizar a los indígenas sino que iban dirigidas a todos los estratos de la sociedad para lograr integración, y la imagen se tornó en elemento importante de orden metafísico por el logro de los milagros, lo que también se ve patentado en que los cronistas hablaban en sus textos siempre haciendo referencia a milagros.

            El imaginario barroco estaba dotado de sus propios mecanismos de regulación: fetichización,  censura, delimitación de lo profano y de lo religioso. Las imágenes se propagaron masivamente en el territorio mexicano y en distintos ámbitos, pues constituyeron una herramienta importante utilizada por los españoles en su proceso de homogeneización de lo americano en lo europeo, y también se dio un proceso de mimetismo y apropiación, además de innovación del manejo de las imágenes por parte del indígena, donde el indígena le da su propia interpretación, entre otras cosas, porque se daban choques en el intercambio comunicacional lingüístico, en donde, por ejemplo, el indígena llegó a confundir sus divinidades con las imágenes cristianas debido al término empleado por los europeos para hacer la referencia. También otros grupos sociales como los esclavos negros, y más adelante los mulatos y los mestizos se vieron influenciados por la imposición del imaginario religioso europeo a través de la imagen barroca, que llegó a constituirse en un cuerpo físico del que no podían prescindir los americanos; el imaginario barroco llegó a ser una sacralización del mundo que no podía llegar a negarse hasta que a finales del siglo XVIII con el auge del movimiento ilustrado comenzó a cuestionarse y desmembrarse el orden religioso y lo que lo promovía.

            En comparación a las otras Américas -la andina y la brasileña- México o Nueva España se vio influenciado desde sus inicios como colonia por la forja del imaginario europeo, ya que, por ejemplo, en territorios como en Perú, las guerras civiles retrasaron ese proceso, de hecho, los pintores aparecen en Perú en el siglo XVII. También el bagaje cultural del indígena mexicano tenía caracteres más parangonables con los europeos en lo que a las imágenes se refiere, que los que podía tener el indígena andino. En el caso de Brasil, del hecho de que la conquista espiritual no tuviese el carácter primordial que tuvo en la conquista hispánica, tuvo influencia en el tardío desarrollo del imaginario europeo en ese territorio. En el caso angloamericano la imagen no se utilizó por el carácter religioso protestante de los colonizadores. Unas redes televisivas desarrolladas como la de México (Televisa) y la de Brasil (Globo) dan cuenta de la importancia dada al desarrollo de la imagen en dichas zonas, lo cual tiene sus antecedentes más remotos en la forja del imaginario europeo en la América colonial. Y de hecho hoy día se da una suerte de neobarroquismo, retornándose incluso al arte pictórico como posible evidencia del fracaso del modernismo.



[1] Serge Gruzinski. Las imágenes, los imaginarios y la occidentalizacion. En: Carmagnani y otros. Para una historia de América  (I- Las estructuras). México. FCE. 1999. pp. 499-567
 
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