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La sociedad de los poetas muertos


MICRORRETO: ¡DE CINE! de El Tintero de Oro

La sociedad de los poetas muertos

Entiendo que hace falta ser poeta y estar muerto para pertenecer a esta sociedad. Pues, heme aquí, soy poeta... y hace ya tiempo que no vivo. 


NOTA: Relato creado para participar en la convocatoria de El Tintero de Oro




¿En qué se parece un cuervo a un escritorio?


¿En qué se parece un cuervo a un escritorio?

   Un día me encontraba -como todos los días- a eso de las siete de la noche esperando el tren en el subterráneo de la ciudad, para volver a casa después de una larga jornada laboral. La estación del subterráneo, mejor conocido como metro, se encontraba más sola que de costumbre. Bueno, antes de la inesperada y terrible pandemia no hubiera podido decir algo así. Más bien hubiese dicho algo como “la estación se encontraba muy sola, algo muy poco común en el metro”. Pero ahora, la gente sale poco y en horarios diversos, no se dan esas grandes aglomeraciones que hacían detestar el metro y que ahora, de alguna manera, se extrañan.

   El hecho es que ese poco flujo de personas en la estación se hizo aún menor, al punto de hallarme completamente sola. Me ubicaba en una de las puntas del andén. Siempre me iba a esa parte porque era la menos aglomerada, y, pues, me había acostumbrado a ello, aunque ya no se daba aglomeración en ningún área. Desde esa punta, pude ver como de la nada se abrió una suerte de agujero encima de los rieles y de él salió un extraño hombrecillo, que inmediatamente relacioné con el Sombrerero de Alicia en el País de las Maravillas, mi relato favorito de toda la vida, y además, mi personaje predilecto de la obra. Y confirmé la relación cuando el personaje se acercó a mí y me espetó la pregunta:

       —¿En qué se parece un cuervo a un escritorio?

   —En que sobre ambos ha corrido mucha tinta—le respondí rápida y bruscamente, ofuscada y emocionada a la vez por lo que estaba viviendo. La respuesta ofrecida no fue fortuita, era una de las tantas que había considerado como solución a esa acertijo que el Sombrerero le propuso a Alicia, también de forma repentina, en la obra de Carroll, y al cual no se le dio solución en la novela. Mi respuesta relacionaba el uso dado al cuervo como personaje en la literatura y el uso del escritorio para escribir literatura.

  —Mmmm…. Mmmm….Mmmm….— meditó por largo rato el Sombrerero, para luego exclamar:

   —¡No lo creo!—aunque ese “¡No lo creo!” lo dijo algo contrariado. Y luego me interrogó nuevamente:

    —¿Y son todos los cuervos negros?

   Más que buscar una respuesta a la nueva interrogante planteada, traté de dilucidar el sentido o razón de la misma, a pesar de tener claro que en el País de las Maravillas todo era un sinsentido. Pero yo no me hallaba en ese país, aunque increíblemente tuviera al frente a un habitante del mismo. El Sombrerero, al parecer, deseoso de recibir su respuesta repitió la pregunta:

   —Entonces, ¿son todos los cuervos negros?

   Quería analizar mi respuesta, creerla, pensarla, pero el hombrecillo no me dio tiempo. Así que supuse que su segunda pregunta era como una guía para la respuesta de la primera. Y le solté, dando respuesta a la primera pregunta:

   —¡Ya sé!, se parecen en que normalmente pensamos que todos los escritorios son marrones y que todos los cuervos son negros. Esa era otra de las respuestas que me había planteado en el pasado para la primera pregunta.

    El Sombrerero se sorprendió de mi respuesta, toda vez que esperaba, si es que en algún momento llegó a hacerlo, respuesta a la segunda pregunta. Entonces, me miró, si se quiere con compasión, y me explicó:

   —En realidad no tienes que responder ninguna de mis preguntas. Solo las hice porque tenía que decirte algo. Y si una niña llamada Alicia no me hubiera dicho —mientras intentábamos tomar té— que era de mala educación hacer observaciones personales, lo primero que te hubiera comentado, lo cual fue lo que se me vino a la mente al verte aquí tan sola, es que necesitabas urgente un buen amigo. Pero eso, según Alicia, es de mala educación y sí, ya sé que estoy loco, y de eso no me avergüenzo, pero si me avergüenza ser mal educado. Por eso preferí hacerte preguntas que no te incomodaran por ser de mala educación…

   Quedé perpleja con la explicación del Sombrerero. O sea que cuando le hizo la pregunta a Alicia ¿fue también para no ser mal educado? ¡Claro!, porque justamente previo al acertijo sobre el cuervo y el escritorio, ocurrió el episodio en que Alicia le dijo lo de ser de mala educación hacer observaciones personales, pues lo primero que le dijo el Sombrerero después de observarla detenidamente, es que ella necesitaba un buen corte de pelo, lo cual ofendió sobremanera a la niña y lo aconsejó sobre las observaciones personales. 

    Aunque las preguntas que hizo no fueron muy cómodas tampoco, ja, ja, ja. Pero entendí el punto del Sombrerero, y quedé conforme. ¡Ya no seguiré buscando respuesta a la similitud entre un cuervo y un escritorio!

   Entonces, el Sombrerero sonrió cariñosamente como entendiendo que yo entendí, y me preguntó:

    —¿Qué día del mes es hoy?

  Iba a buscar el celular para ver la fecha—estaba tan impresionada con lo que experimentaba que no podía recordar el día—pero el Sombrerero no me dio tiempo y se autorespondió:

   —¡Oh no! ¡Es el día del mes en que debo irme!

   Inmediatamente, apareció de la nada el agujero sobre los rieles y el Sombrerero lo atravesó y desapareció. Desde ese día, espero todos los días que aparezca ese agujero en los rieles para irme con un buen amigo.


NOTA: Relato creado para participar en concurso del blog El tintero de Oro. La imagen es la del concurso.


Un día inolvidable


Un día inolvidable

Amé mucho a Alberto, y siempre tendrá un lugar muy especial en mis pensamientos y en mi corazón, aunque no fue siempre el más romántico del mundo, o, más bien, sí lo fue pero a su muy original manera. Recuerdo claramente (¿cómo no recordarlo?) cuando me pidió ser su prometida, fue un hermoso día de mayo, un viernes por la tarde, hace ya casi cuatro décadas. Y Alberto no tuvo mejor ocurrencia que invitarme al cine a ver El exorcista.

- ¡Veremos una versión mejorada! -me dijo emocionado.

- ¡Qué bien! -le respondí yo, algo consternada.

Llegamos entonces al cine, hicimos las respectivas colas para comprar las entradas y luego las palomitas. Entramos a la sala que nos correspondía, y cuando iban a empezar los tráilers de publicidad previos a la película, Alberto me pidió que los viéramos atentamente porque según le comentaron que estaban muy buenos. Y resultó que el primer tráiler era un vídeo de Alberto pidiéndome ser su esposa. Quedé muy impresionada con la escena, al igual que todos en la sala que buscaban al arrodillado. Y por supuesto que le respondí que sí, soñaba compartir mi vida con él desde que eramos unos críos y  los mejores amigos. 

El impacto que generó toda la situación fue mermando y ya para cuando iba a comenzar la película todos estábamos en posición para verla y más aún Alberto, que estaba feliz porque acepté su propuesta de matrimonio y porque iba a ver -quien sabe por cuál número de vez- una de sus películas favoritas.

Cuando la película mostraba la escena en que el sacerdote decide entregar su vida por la de la niña poseída, pidiéndole al demonio que lo posea a él, siento repentinamente la mano de Alberto apretar fortísimo mi mano, pensé que era su emoción, pero no. Alberto se desvaneció en su asiento…

Alberto murió súbitamente en la sala de cine, víctima de un ataque cardíaco fulminante. Ese día comenzó siendo el más hermoso de mi vida y terminó como el día más trágico que he vivido... y el más inolvidable.

NOTA: Relato creado para participar en concurso del blog El tintero de Oro. La imagen es la del concurso.


Destino




Destino
—¿Út sere neiuq? —soltó el extraño espécimen al ver entrar a Marta, ¡como si él fuese el que tuviera que sorprenderse!.
Marta, como siempre, llegaba de su trabajo tarde. Es programadora experta en computadoras en una mediana empresa desde hace poco, un trabajo más. Ese día transcurría igual que cualquier otro, monótono y aciago, como visualizaba su vida Marta.
Al oír el grito interrogatorio inentendible del huésped inesperado, Marta se petrificó por un instante. Pero entonces reaccionó y le interrogó: —¿Quién eres tú?
El ser de color blancuzco tenía una mirada penetrante, pero bondadosa. Unos ojos grandes y expresivos, pese a ser completamente negros.
—¡Rorre rop íuqa íac, emadúya rovaf rop! —exclamó el extraño, mirando cariñosamente y acercando su mano a Marta, quien iba a rechazarlo, pero la calurosa mirada del extraño ser la convenció de aceptarlo.
Marta era una mujer de mediana edad, ya cercana a los cuarenta, que vivía sola porque nunca halló un amigo para compartir y menos un amante. Aunque lo intentó. A la sazón, ya se había acostumbrado y “aceptado” su situación. Pero siempre que conocía a alguien veía un potencial amigo. Nunca ocurría.
Ese ser extraño, de lenguaje inentendible, de procedencia seguramente extraterrestre, aunque muy parecido a un ser humano, no estuvo exento de ser considerado por Marta como posible amigo.
Mientras acariciaba la mano de Marta, el hombrecito le hablaba:
—Alos yum sátse orep, anosrep aneub secerap, ¿Sáraduya em? Íuqa olos emradeuq oreiuq on.
Marta no entendía nada. Busco su laptop y le pidió al hombrecito que hablara. Este lo hizo no porque entendiera que Marta se lo pedía sino para decir algo:
—Ese omoc sopiuqe somenet atenalp im ne.
Marta ejecutó un programa de inteligencia artificial para intentar traducir el lenguaje del comunicativo pero inentendible huésped. Después de poco más de un minuto ejecutándose, el programa arrojó una traducción a la frase escuchada: "en mi planeta tenemos equipos como ese". El programa descifró pronto el lenguaje porque resultó ser un español al revés, un patrón detectado rápidamente por la inteligencia artificial.
Marta se alegró mucho que ahora podría comunicarse con su enigmático huésped e inmediatamente se puso a desarrollar una aplicación para convertir el sonido de sus palabras al sonido del lenguaje del extraterrestre y poder así conversar con él. Y pronto tuvo terminada la aplicación.
Así, la mujer solitaria y su huésped extraterrestre se pusieron al día. El extraterrestre llegó a la Tierra por error. Su nave perdió combustible por una fuga producto de una avería. Venía de su planeta de origen, Martius, en la galaxia Latinus, y se dirigía a otra galaxia, Oax, donde vive parte de su familia. Allí tenía pensado quedarse pues vive su amada. Siull —así se llamaba el extraterrestre— realizaba esos viajes muy frecuentemente y nunca había tenido un percance.
Siull solicitó ayuda a Marta para reparar su nave, la cual se encontraba oculta a unos dos kilómetros de la casa de Marta.
Marta escuchó atentamente todo lo que Siull contaba, pero se interesó poco por lo intrigante de la vida extraterrestre, los viajes intergalácticos o la solicitud de ayuda para reparar la nave espacial. Vio en Siull al hombre de sus sueños, su destino. Pensó que por eso duró tantos años sola, porque su amor era de otra galaxia.
El desesperado extraterrestre inquirió la ayuda de Marta nuevamente, ya que ella no le respondía pues estaba absorta en sus románticos pensamientos.
—Entonces, ¿vas a ayudarme con la nave? —así tradujo la computadora las palabras de Siull.
Marta salió de momento de su ensimismamiento y le respondió apresurada que sí, pero exhortándolo a que no tuviera apuro, que por algo había caído en la Tierra, que nada era casual…
«No, no es casual» —pensaba Marta.
La ilusionada mujer se propuso enamorar a su huésped, cosa que pensaba lograría sin mucho esfuerzo toda vez que era lo que tenía que ser: su destino. Marta hacía de todo para agradar y complacer a Siull. Le cocinaba —ya que al hombrecito le gustaba comer—. Le llevaba a conocer lugares. Le compraba artilugios de la Tierra. Escuchaba todas sus historias. Pero no lo complacía con la reparación de la nave.
Pasaron dos semanas y Marta y Siull se hicieron amigos, pero Marta esperaba más. Y Siull esperaba irse al destino original de su viaje —su destino de vida— y así se lo hizo saber a Marta.
Marta no quería volver a estar sola. ¿Por qué no era Siull su compañero de vida?, ¿Por qué entonces llegó a su casa?, ¿Por qué ...?, un sinfín de interrogantes invadían a Marta. Interrogantes todas que giraban en torno a sus necesidades.
«¿Por qué no explotó su nave?» —llegó a preguntarse la atormentada mujer. Y entonces reaccionó. Se reprochó su comportamiento. ¡¿Cómo era posible que prefiriese que Siull estuviera muerto?!
«¡Que horrible persona soy!» —se dijo a sí misma.
Pidió disculpas a Siull por el retraso en la reparación de la nave. Agregó que inmediatamente solicitaría lo requerido para la reparación. Y así lo hizo. En un par de días llegó todo a casa de Marta. Y en dos días más Siull reparó su nave y se dispuso a partir. Marta se despidió apresuradamente de su huésped temporal, agradeciéndole el tiempo compartido. Siull agradeció la hospitalidad.
Marta vio ascender la nave y pensó: —Ahí se va el que pensé era mi destino —y quedó sola de nuevo, ¿es ese su destino?




NOTA: Relato creado para participar en concurso del blog El tintero de Oro. La imagen es la del concurso.

Nuestro hogar



Nuestro hogar
Julio y Julia, así nos llamaron. Nací el año anterior al que nació mi hermano, pero tenemos la misma edad. Fuimos mellizos. Mi hermano nació el 1 de enero de 1922 y yo el 31 de diciembre de 1921. Tiempos duros para nuestra nación, Alemania. En 1921 comenzaron a agudizar las consecuencias del Tratado de Versalles que imponía grandes cargas a Alemania por los destrozos de la Gran Guerra, y eso mermó la economía alemana, al punto de que ya para 1922 el costo de la vida se multiplicó por casi dos millones.

No obstante, esa inestabilidad económica nos fue desconocida durante nuestra niñez. Nuestros padres se esmeraron por proveernos una niñez feliz dotada de las cosas materiales necesarias y, sobre todo, de contar con mucho amor.

Mi madre era una mujer hermosa, laboriosa, amorosa y desprendida. Todo lo daba por los demás. Cuando enfermó en 1936, sufría más por no poder atendernos que por su enfermedad. Como vivíamos en el campo, tratamos de que disfrutara de la naturaleza y dejara de preocuparse por nosotros y por el rumbo que tomaba Alemania. En esos años treinta, aunque había progresado económicamente, Alemania era liderada por un oscuro régimen con una ideología llamada nacionalsocialismo o nazismo, que si bien exaltaba y buscaba el bienestar del pueblo alemán, parecía no importarle el destino de los otros e incluso los menospreciaba. Y eso no era bueno.

Mamá nos alejó lo más que pudo de ese nuevo pensamiento que inundaba el ambiente. Los jóvenes varones se adherían a las llamadas juventudes hitlerianas, nombradas así en honor al líder del Partido nazi Adolf Hitler. La versión femenina se llamó Liga de las muchachas alemanas. Nuestra madre evitó que nuestro padre nos afiliara a esas juventudes, él estaba muy entusiasmado con el nacionalsocialismo desde que empezó a destacarse en Alemania y, con el tiempo, papá fue beneficiado con préstamos y con un mejor trabajo. Él no veía el declive en valores humanos de Alemania, porque era muy bien disfrazado por los nazis.

Mamá murió un viernes. Era el 1 de septiembre de 1939, un día aciago para nuestra familia, que también se convirtió en un día terrible para la humanidad. Ese día Alemania invadía Polonia, lo que desencadenaría en el estallido de la Segunda Guerra Mundial.

Mi padre y mi hermano eran candidatos para el servicio en la guerra. Mi buen e inocente hermano no soportaría un día en el frente de batalla. Yo no podía permitir que fuera a la guerra. ¡Tenía que protegerlo!.

Mi padre fue exonerado de ir a la guerra por ser cabeza de familia y haber servido en la guerra anterior. Pero mi hermano fue convocado. Yo misma recibí la carta. Fue doloroso. Pero urdí un plan para evitar que mi hermano fuera a la guerra: iría yo en su lugar. Les dejé una nota a mi padre y mi hermano donde les informaba de la carta recibida Y les explicaba mi plan para evitar que Julio fuese a la guerra.

Al día siguiente, me corté el cabello, escondí con telas mis curvas femeninas y me vestí con ropa de mi hermano. Tenía su edad, era su melliza, ¡podría pasar por mi hermano!. ¡Y lo hice!. Al salir de casa me saludaron como si fuera Julio. Entonces me presenté al servicio como Julio Schultz. Como era "chico" de campo, me asignaron a una división de montaña. Al llegar, en lo que pude me escabullí para escapar rumbo a Suiza. Quise invitar a algunos compañeros, pero temí que me denunciaran.

En la nota les dije a papá y a mi hermano que me presentaría para la guerra y que escaparía. Les escribí que dentro de una semana nos encontraríamos en la frontera Suiza. Quedaba cercana a nuestra casa y todos en la familia conocíamos bien cómo llegar allí. Les pedí que no esperaran más de ocho días. Si yo no llegaba, que partieran sin mi.

Para mi el camino era largo, pero lo logré. Llegué justo al séptimo día de haber salido de casa. Y allí estaban mi padre y mi hermano. ¡Que alegría!. Casi me dieron por muerta como hizo el ejército alemán, que consideró me perdí en el camino montañoso, por lo que al tercer día me dieron por muerta, o mejor dicho, dieron por muerto a mi hermano, Julio Schultz. Así le reportaron a mi padre.

Atravesamos la frontera suiza y se nos dio refugio. Vivimos en Suiza desde entonces. Cuando culminó la guerra, en 1945, pensamos en volver, pero, ¿a qué volveríamos? ¿a nuestro hogar?. El hogar era estar juntos. Y lo estábamos. Siempre lo estuvimos. Nunca volvimos a Alemania.

Mi padre murió en 1989, año en que cayó el muro de Berlín. Mi hermano murió en el 2008, cuando fue electo un presidente afroamericano en Estados Unidos. Lo que ocurrió en Alemania nos unió más y nos impulsó al servicio a los demás. Pero también nos atemorizó y nos paralizó. No tuvimos más familia. Mi hermano nunca se casó y yo tampoco. Nos dedicamos a la lucha social y a la concienciación para evitar que regímenes como el nazi pudieran volver al poder. Desafortunadamente, algunos malos aún llegan al poder… Ya es 2020, tengo casi 99 años. El mundo es otro y, aunque con sus defectos, lo siento mejor. Estoy lista y preparada para ir al encuentro de mi familia en la eternidad, de nuevo a nuestro hogar.


NOTA: Relato creado para participar en concurso del blog El tintero de Oro. La imagen es la del concurso.

A la caza del 'me gusta'


A la caza del 'me gusta'

—Recuerda: suscríbete, dale 'me gusta' y comenta —indicaba al final de su vídeo el halcón peregrino Carl, quien grababa sus hazañas y se había convertido en todo un influencer gracias a sus publicaciones.

Y no fue cosa fácil para Carl llegar allí.

Comenzó en las redes sociales publicando sus logros de vuelo. Un don que le fue otorgado por la naturaleza. Era capaz de alcanzar los casi cuatrocientos kilómetros por hora en vuelo vertical de picada. ¡Carl se sentía tan orgulloso de ello!

—Más rápido que un Fórmula Uno —le comentó emocionado a su mejor amigo el pato Luis—. Pero eso no fue suficiente para la audiencia —agregó luego, lamentándose—. Me dijeron que publicara sobre mis pasiones y en lo que era bueno, que generara contenido de valor en esas áreas, que así atraería a la audiencia... Y así lo hice, amigo pato. Publiqué apasionadamente sobre el increíble vuelo con el que me premió la naturaleza y con grandiosos vídeos ilustrando mis hazañas. Pero no gané seguidores.

—Sería tu seguidor, amigo Carl, si yo estuviera en las redes sociales. Me alegro de seguirte en el mundo real —le aseguró el pato Luis, a la vez que le abrazaba con afecto para confortarlo—. Pero entonces, ¿cómo es que ahora eres un destacado ínfluencer? —le interrogó algo confundido el pato.

—Bueno, ya que no ganaba seguidores con mis hazañas de vuelo, me puse a ver las publicaciones de otros halcones, como el halcón mexicano Speedy. Resultó que tenía más de diez millones de seguidores y millones de 'me gusta' por publicar sus hazañas de cacería. Sabes que no me gusta la caza. De hecho mis amigos aquí son mayormente de los que cazaría… —le respondía el halcón cuando el pato le interrumpió para confirmar que Carl no era cazador.

—Muy cierto, amigo, si fueras cazador me habrías cazado hace ya rato.

—Y aún no me gusta la cacería, Luis. Pero me adentré a la caza. Sí, soy cazador. Está en mi naturaleza y con ello me he convertido en un gran influencer, incluso sobrepasando a Speedy, porque soy mejor cazador que él. Y así mis publicaciones gustan más a la audiencia. No comprendo aún porque les gusta ese tipo de contenidos, pero si así gano suscriptores, 'me gusta' y comentarios pues ¡enhorabuena! ¡bienvenidos sean!.

—¡Oh amigo, sé cuánto detestas la caza! Pero veo que tu amor por los 'me gusta' sobrepasa tu repudio por la cacería —agregó acongojado el pato.

—Así es amigo. Vivo a la caza del 'me gusta'. ¡Y por ello hasta patos he cazado! —replicó el halcón entre avergonzado y perturbado.




NOTA: Relato creado para participar en concurso del blog El tintero de Oro. La imagen es la del concurso.


Un viaje inesperado



Un viaje inesperado

Siempre amé los trenes. ¡Esas increíbles máquinas que evolucionaron a través del tiempo y cambiaron de tal manera la vida de los hombres! Los trenes acortaron las distancias y le dieron al hombre más tiempo y posibilidades. Con el desarrollo del transporte ferroviario, viajar se hizo cada vez más placentero.

Mi gusto por el mundo de los trenes no fue fortuito. Mi familia tenía su historia en el negocio ferroviario. Mi tatarabuelo del lado de mi madre fue uno de los obreros en la construcción de la primera línea comercial de ferrocarriles. Sí, de aquella línea que se inauguró el 15 de abril de 1830 en Inglaterra y unía las ciudades de Liverpool con Manchester. Mi tatarabuelo por parte de mi padre fue conductor en esa línea. Y luego mis dos abuelos fueron conductores de trenes también.

De hecho, mis padres se conocieron de niños porque sus respectivas madres llevaban a cada uno a la estación a visitar a su papá en el trabajo.

Mis abuelos siempre me contaban orgullosos sus anécdotas en los trenes, en esas maravillas de la invención humana. Y mis padres hacían lo propio, recordando cómo se enamoraron en las líneas del tren.

Nadie en mi familia hubiera imaginado, ni en sus más terribles pesadillas, que yo estaría realizando este inesperado viaje en tren. Me traslado en un vagón de carga sellado, y aquí, donde hay espacio para albergar unas cuarenta personas a lo sumo, estamos confinados ciento veinte personas. Todos comenzamos como extraños en este tren, pero ahora nos sentimos tan cercanos… Llevamos días viajando con este insoportable calor de verano que acaba con la poca energía que tenemos. Escasamente recibimos algo de agua y alimento cuando algún soldado se apiada de nuestra situación. Nos dirigimos a un lugar llamado Auschwitz, un supuesto campo de trabajo construido por los nazis en Polonia. Allí seguramente moriremos... si sobrevivimos a este inhóspito viaje en tren.




NOTA: Relato creado para participar en concurso de blog El tintero de Oro. Fue honrado con el sexto lugar entre los participantes.

Créditos:
photo credit: Regione Toscana Treno della Memoria 2019 via photopin (license)

Liberado




Liberado

Siempre quiso que su vida cambiara. Estaba cansado de ser miserable. Trató de cambiar eso pero infortunadamente no pudo. Y llegó a la conclusión que nunca sería feliz.

Esa tarde salió animado con rumbo a su destino. Caminaba con afán sin detenerse. La luz estaba en rojo. Ary continuó caminando sin inmutarse. Se sintió liberado -e incluso feliz- al ver venir hacia él el Mazda azul cielo. Y entonces sonrió.






NOTA: Microrelato creado para participar en Microrreto #4 La sonrisa en Microrreto #4 La Sonrisa del blog El tintero de oro.

Créditos:
photo credit: miss machine♥ entonces abre la ventana y tírate! via photopin (license)

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